Viviendo en la Claridad: “La ciega que no quería ver”

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Su vida semejaba un océano espantado por la tormenta. Al igual que las olas, sus ideales eran volubles y sin rumbo. Un día soñaba con ¡salvar el mundo! y otro, solo quería recorrerlo, sin compromiso ni ataduras. Así de impredecible era también su temperamento, a ratos apaciguado, y a ratos, intempestivamente crecido y violento. Como la rompiente de olas de un mar bravo parecía su furia, podía resultar mortal para quien por mala suerte anduviera cerca.

Vivía en un cuarto inmundo como si quisiera perdonar su aflicción de no poder ser otro que no fuera él. Las paredes estaban desgastadas. Había ropa vieja y hedionda tirada por todas partes, platos sucios hasta en el baño, y un montón de basura casi haciendo de colchón sobre la cama.

Paradójicamente, siempre condenaba al mismo sistema que aprendió a manipular. Fingía ser minusválido o víctima de las circunstancias según le conviniera. Jamás le interesó estudiar ni aprender de otros, y hasta se ofendía cuando le ofrecían un trabajo humilde. Era menos humillante recibir limosnas o ser el mantenido de su amante en turno. Pero él no veía su miseria, se perdía en la de otros, y así, ahogaba la propia.

Su paternidad estaba quebrada en pedazos. Dejó hijos en varias partes. De uno ni siquiera tubo la certidumbre que fuese suyo. Algunos, aunque lo fueran, jamás los reconoció ante la ley. Irónicamente luchaba por salvar a niñas sin padres, aquellas que a diario caen en manos de miserables. Era como si creyera que al abogar contra el abuso a indefensos, pudiera lavar sus faltas, cometidas contra los suyos.

Pero dicen que poseía el don divino de ser buen amante. Eso lo salvó mil veces de consumirse en su miseria, la soledad, y su locura. Tuvo muchas mujeres por temporadas largas, pero ninguna relación estable. Bajo la sombra de la noche también amó a los hombres, y al final, jamás amó a nadie que no fuera aquel que admiraba varias veces al día frente al espejo. A todas sus conquistas les adormecía el discernimiento, con el placer prohibido, ese del que emanan los fluidos tibios del cuerpo cuando arde en deseo.

Era como si les diera a probar una droga. Poco a poco aumentaba la dosis de mentiras increíblemente creíbles, caricias sensuales y besos húmedos. Y las hacía adictas a su voz, su toque y su lengua. Nunca dependió de si mismo; exprimía a sus amantes como una garrapata a su presa, hasta dejarlas vacías por dentro y por fuera. Ni bien terminaba con una y ya se aferraba a otra que pudiera cargar con su carencia de propósito claro en la vida; su adicción al drama donde se odia y se ama, y su deseo bestial por hacer el sexo hasta sentir un alivio que jamás sintió por dentro.

Pero llegó el día que sus engaños y chantajes de culpa  carecieron efecto. Ahora todas las noches lo acompaña una soledad tan presente como la ausencia de la última mujer que todavía vio algo bueno en él. La espantó con sus altibajos temperamentales, maltrato emocional, y su traición. En un momento la amaba por consentirlo sin cuestionamiento. Al rato la acusaba de soberbia por negarse a darle todo lo que le pedía. Y no faltó ocasión en que la odió por ser quien él nunca sería, una persona honesta. trabajadora y con éxito.

A pesar que a ella desde un principio la prudencia le aconsejó precaución, aún viendo  se rehusó a ver. Y es que, fue más fácil ignorar la verdad que seguir en soledad.  Decidió creerle y le entregó su corazón en bandeja de plata.  Lo sacó de aquel cuarto inmundo y lo trató como a un rey. Compartió su casa, viajes en primera clase, y hasta su vida. Pero él solo quería su billetera y el control de una relación enfermiza y complicada, como las otras. Ella, lo perdonó una y otra vez, hasta que por desdicha o por fortuna, la implacable luz de la conciencia por fin arrebató su ceguera del alma.

Creció sus alas para volar de regreso a su vida normal de antes de padecer un infierno con él. Ver la realidad le devolvió su libertad, de aquella adicción a un hombre que tantas veces, sin amarla, le hizo el amor. Ella se armó de valor, y en medio de una batalla interna entre el deseo y la cordura, buscó ayuda entre quienes siempre la quisieron bien. Y a pesar del inmenso dolor que le dolía por la gran desilusión, levantó la cabeza, se sacudió el pesar, y sin más piedad ¡ni voltear atrás! lo dejó marchar.

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About the author

Laura Figueroa

Laura was born in Guatemala and immigrated to the US at age 21 to redesign her life from the bottom-up. Her first jobs in this country included housekeeping and babysitting until she learned the language. Eventually she went back to school and earned a BA in Psychology at California State University and an MBA at Walden University. Laura has worked in the HIV field in different capacities and with people from diverse backgrounds since 1996. First with LA Shanti as Programs Manager and then with John Snow Incorporated in Colorado where she provided capacity building for several ASOs in the Midwest and conducted HIV national trainings. She also did independent consulting work and motivational speaking, Prior to joining Gilead she worked at Boheringer Ingelheim for 2 ½ years, first as Community Liaison and later as HIV National Accounts Manager. Laura is a columnist for xQsí Magazine and a contributing writer to the book Gathering Round the Fire.

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  • blanca c.

    Felicidades Laura por tus escritos siempre con una lección para el lector

  • Haroldquintero13

    Amiga saludos gracias por este nuevo articulo lleno de cosas tan cotidianas y que muchos se niegan a ver,por temor a estar solos o a lo mejor enfrentar una realidad de desamor  en  sus vidas .La verdad creo que eso se vive muy seguido y no es una sola nación es mundial. El mas grande  causante de toda tragedia creo que es el amor propio ,un abrazo…