Viviendo en la Claridad: “Por mis hijos”

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Sofía parecía un alma en pena al caminar con un niño en brazos y otro por nacer. Sabía que cruzar la frontera es peligroso; podía ser violada y hasta perder la vida.

Ella aún se sentía débil; solo habían pasado ocho meses desde su último encuentro cercano con la muerte. Los médicos pensaron que no sobreviviría. Incluso temían que perdiera otra vez la criatura que llevaba en el vientre. Tenía el rostro muy inflamado; sus ojos parecían dos hilos que conectaban bolas moradas a los lados; apenas podía abrirlos. Su cuerpo estaba cubierto de moretes. Una quemadura de cigarrillo en cada pecho marcaron para siempre el recuerdo de aquella experiencia dolorosa.

Muchas veces le dijeron “Si no lo dejas, te matará a golpes”. Pero Sofía nunca lo creyó. Su marido siempre regresaba arrepentido, llorando, y con un ramo de flores bajo el brazo. Le juraba: “no lo vuelvo hacer” y la seducía nuevamente en la cama. Pero ella ya no podría olvidar. Y el hijo que esperaba le dio las alas que necesitaba para volar.

En una tarde de verano decidió llevar a cabo su plan de huida; sintió que no tenía otra opción. En más de una ocasión él la amenazó: “¡si me dejas, te mato, y al niño también!” Así que empacó solo lo necesario, y ocultó su plan como se esconde una joya preciosa. Desapareció como el aire; sin dejar rastro.  Su mejor amiga la llevó hasta la frontera. “Dios vaya contigo y te proteja de todo mal” le dijo con lágrimas, y la bendijo con la señal de la cruz. “Todo sea por mis hijos”, dijo Sofía. Se  encomendó a la Virgen, y se despidió sin saber que pasaría después.

Dicen que donde hay niños no falta el pan y llueven las bendiciones. Será por eso que Sofía encontró un alma buena -Consuelo- quien la ayudó a cruzar al otro lado. Consuelo, era dueña de una tienda de artesanía Mexicana en Los Angeles. Había ido a Tijuana a comprar mercancía. Al ver a Sofía embarazada, caminar por la calle como si arrastrara los pies de cansancio y con un niño que lloraba, se le acercó.

“Señora, ¿se siente bien?”, peguntó Consuelo.

“Por lo que más quiera doñita ayúdeme” le suplicó Sofía, y le contó en llanto su tragedia.

¡Consuelo estaba horrorizada! La historia de Sofía le recordó su propio sufrimiento de veinte años atrás. Sacó un pañuelo de su bolsa para secar las lágrimas de Sofía, y le ofreció ayuda.

“Nos quedaremos en casa de mi hermana esta noche para que coman algo y descansen.  Ya mañana Dios dirá”, dijo Consuelo.

“Gracias señora… Que la Virgencita la bendiga!”

Por la madrugada un hombre tocó a la puerta. Era un conocido de Consuelo que trabaja como coyote. Lo llamó la noche anterior para pedirle que ayudara a Sofía.

Ya en Los Ángeles, Consuelo llevó a Sofía al médico y le brindó posada hasta que dio a luz y consiguió un trabajo para limpiar casas. No ganaba mucho, pero podía vivir ahí mismo y hasta tener a sus hijos con ella. No soportar más el abuso de su marido, y poder ofrecerle a sus hijos un techo y comida era suficiente para ella en ese momento.

Antes de ir a dejar a Sofía al trabajo Consuelo le dijo: “Se que saldrás adelante porque alguna vez yo estuve en tu lugar. Una noche mi esposo llegó embriagado a casa y me pidió a gritos que le sirviera la cena. No le gustó la comida y se puso como loco. Me aventó el plato a la cara y luego me golpeó con tanta fuerza que casi paraliza mi cuerpo. Un día encontré el valor para dejarlo y vine a este país. Solo traía la ropa que llevaba puesta y mi hija de nueve años.

“No fue fácil comenzar una nueva vida por mi misma. Muchas veces me sentí sola, deprimida e indefensa como si el mundo se cerrara ante mis ojos. Pero no podía darme por vencida; tenía que seguir luchando por mi hija ¡y por mí!

“Una señora me llevó a una organización donde apoyan a víctimas de violencia doméstica. Ahí me asistieron para conseguir vivienda temporal, recibí consejería, y me ayudaron a encontrar trabajo. Con el tiempo junté dinero suficiente para abrir una tiendita. Hasta pude apoyar económicamente a mi hija con sus estudios universitarios; ahora ella trabaja como maestra.

“Tú también te abrirás camino y ayudarás a tus hijos. Tu amor de madre te dará la fuerza para luchar.” 

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About the author

Laura Figueroa

Laura was born in Guatemala and immigrated to the US at age 21 to redesign her life from the bottom-up. Her first jobs in this country included housekeeping and babysitting until she learned the language. Eventually she went back to school and earned a BA in Psychology at California State University and an MBA at Walden University. Laura has worked in the HIV field in different capacities and with people from diverse backgrounds since 1996. First with LA Shanti as Programs Manager and then with John Snow Incorporated in Colorado where she provided capacity building for several ASOs in the Midwest and conducted HIV national trainings. She also did independent consulting work and motivational speaking, Prior to joining Gilead she worked at Boheringer Ingelheim for 2 ½ years, first as Community Liaison and later as HIV National Accounts Manager. Laura is a columnist for xQsí Magazine and a contributing writer to the book Gathering Round the Fire.

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  • Hugo Ventura

    Laurita una historia que nos hace pensar hacer de la violencia domestica. Gracias por tan historia tocadora para un mundo mejor.

  • Droctaviojavier

    Es importante reconocer que uno de los flagelos de la cultura Latina/Hispana, es e acendrado machismo que da permiso a la violencia domestica en el 2012. Gracias Laura por traer a la luz un tema que por verguenza se queda en conversaciones que se cuchichean y no se hablan abiertamente por el “que diran” y el viejo dicho de que la ropa sucia se lava en casa. Tambien es importante anotar que la violencia domestica es tambien un tema importante en la comunidad LGBT. Gracias Laura!!!! Octavio Vallejo