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Llevaba muchos años viviendo sola y tranquila, y jamás imaginó que el romance volvería a seducirla. Todo comenzó por una conversación casual a través de las redes cibernéticas, pero tenía miedo a desilusionarse. La última vez que amó, una traición ahogó en dolor su corazón.
Pese a su resistencia, la llegada de un nuevo amor fue inevitable. Recibir tanta atención, escuchar que era bella, sentirse abrazada por sus coquetas miradas la hicieron volver a creer. Olvidándose de todos sus temores se dejó llevar por la suavidad de sus caricias, el olor de su aliento a fresa y su sonrisa angelical. Cada día el deseo ¡era más fuerte! El tiempo se le hacía corto y la distancia no existía, sólo pensaba en aquel segundo cuando el calor de sus cuerpos sudados se haría uno. Ni mar ni tierra impidieron lo que ya estaba escrito: sus cuerpos apasionados terminarían enredados bajo la misma sábana.
Pero la ilusión de haber encontrado a su alma gemela duró poco. Unos días sentía la paz que da el confiar que la pareja acepta a la otra tal cual es y quiere compartir su vida con ella. En otras ocasiones, la invadía el tormento de no saber si los sentimientos de su amada repentinamente habían cambiado. Tanta incertidumbre finalmente agotaron su alma y su mente. Y en uno de esos arranques cuando pelearon, sin más cadenas al pasado y sin temerle al futuro, se despidió en una carta.
“Amor mío:
“Muchas veces me pregunté a mi misma por qué amándote con tanta fuerza y con la transparencia de un cristal lo nuestro no puede ser. Hoy creo haber encontrado la respuesta.
“Desde un comienzo nuestro idilio fue como una montaña rusa, lleno de altibajos inesperados. Recuerdo cuando emocionada consultabas con los Astros, y decías que Piscis y Cáncer se llevaban, y al rato te parecía que éramos como agua y aceite. Me ponías en un pedestal rodeándome de caricias mientras empalagabas mis oídos con palabras dulces. Veinticuatro horas después, tu voz se perdía en la obscuridad del silencio. Un día me escribías poemas de amor eterno, y de repente decías que no habíamos nacido para ser pareja. Una noche jugabas con tus dedos en lo más profundo de mi cuerpo. Te mojabas con el agua bendita que brotaba por mis poros y me hacías sentir que tocaba ¡el mismo cielo! Pero luego me dejabas caer hasta el suelo con tu indiferencia.
“Si me apartaba, te acercabas. Me apretabas la mano con disimulo para luego soltarla sin aviso como lanzando una piedra al precipicio. Otras veces desde la distancia alzabas el párpado pretendiendo desnudarme con tu mirada. Ante mi resistencia me abrazabas tan fuerte como si te urgiera guardarme en tu pecho. Me dabas un beso en la mejilla, muy cerca de la línea prohibida donde tu respiración !se confundía con la mía! Extrañamente al corresponderte, como por arte de magia, en un instante tu interés se desvanecía. ¡Qué paradoja!, parecía que en el fondo dejarme ir no querías, y aún así, eras tú quien terminaba todo entre nosotras.
“No me arrepiento de lo que vivimos, ni siquiera estoy molesta por tu confusión. Es sólo que yo sé lo que quiero, y tú, todavía te estás buscando a ti misma. No te juzgo, simplemente acepto que en tu búsqueda -si tú no me dejas- no puedo acompañarte. Me duele tu ausencia, no lo niego, pero… prefiero no insistir en una reconciliación. La memoria de lindos recuerdos serán la medicina que con el tiempo sanen la herida que ahora deja tu partida.
“Siempre recordaré nuestro romance. ¡fue hermoso poder amarte! Pero hace mucho tiempo aprendí que amar no basta para retener al ser amado. Y contigo descubrí que puedo volver a enamorarme, pero merezco a mi lado alguien que me ame lo suficiente para querer construir una vida entre las dos. Por eso hoy ¡en nombre del amor. te digo adiós!”




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