He aprendido que el nombrar define. De ahí la importancia del nombre que nuestros padres nos adjudican al nacer y del nombre con el cual muchos tenemos la suerte (o no) de autonombrarnos.
Voy a contarles un poco de mi historia.
Cuando nací, mis padres biológicos me llamaron con el nombre de mi abuela paterna: Victoria. De ese nombre no sólo heredé el carácter de la madre de mi padre sino un destino de guerrera. Victoria es un nombre poderoso por sí mismo y como tal un nombre que no te da tregua a otra cosa que no sea luchar y vencer.
Fui una niña adoptada. Mi trámite de adopción comenzó a mis 7 años, cuando mis padres biológicos – ante la muerte de mi madre de crianza – decidieron entablar un juicio para recuperarme. La pesadilla culminó a mis diez años cuando resolvieron no sólo cambiar mi apellido sino también mi nombre.
Recuerdo el día como si fuese hoy.
Sentada en la falda de mi abogado defensor –del cual me quedó el asco a los tabacos de pipa- escuché el discurso de la importancia que este hecho legal conllevaría. Ya no sería Victoria y mi nueva abuela paterna se llamaría Juana. Por lo cual debía decidir en ese mismo momento el nombre con que deseaba ser nombrada.
He conocido muchas personas que toman como privilegio el tener la opción de poder elegir su propio nombre. En mi caso confieso fue una cruz. La realidad es que yo era Victoria y quería seguir siendo Victoria. No tenía ningún interés en cambiar mi nombre.
Pero entendido estaba el ego de mi “nuevo padre” –el mismo padre de siempre ya que fue el único padre con el cual conviví- que daba por ganada una batalla y no deseaba que su nueva hija llevara absolutamente nada de su familia anterior. Ya bastante tenía con que por mis venas corriera sangre ajena.
- ¿Cómo quieres llamarte? – dijo el abogado fumador.
No tenía mucho tiempo para pensar. Sólo deseaba librarme del olor de ese hombre así como de todas las visitas de mis padres biológicos a quienes vi más tiempo en la corte que en mi hogar.
Pensé en Silvia mi compañera de clase, la única persona con la cual me sentí acogida después de la muerte de la única mamá que yo había conocido en mi corta vida.. Y sin saber el origen etimológico del nombre como Silvia decidí nombrarme.
Mi historia en el barrio y en la escuela, fue un revuelo; todo el mundo se confundía al nombrarme. Pero para mi suerte, conjuntamente con el estreno del nombre y apellido vino el cambio de Colegio y en secundaria nadie supo de mi pasado.
Decía mi madre que el diablo nunca duerme y fue justo en el colegio católico donde se le ocurrió pisarme los talones. No había tenido suficiente con dos nombres sino que mis compañeritos de clase y maestros comenzaron a llamarme por detrás con un nuevo nombre menos agradable que Victoria y Silvia. Nombre que traspasó la institución educativa y llegó al Club Social, a la Iglesia, a la Plaza del centro.
- Ahí va la Torta García – escuchaba murmurar.
No tuve que esperar mucho para saber que aquel nuevo nombre si bien me hacia popular no era muy querido. Desaparecieron las amigas, mi hermana de adopción- que en paz descanse- bofetada de por medio gritó: “prefería te llamaran Puta y no Torta” y así sucesivamente entré en mi tercer cambio de nombre: Torta.
En aquel momento tampoco sabía el origen etimológico de mi nuevo nombre pero ser llamada Torta en una ciudad pequeña no era recomendable. El nombre con el cual mi pequeño mundo había elegido nombrarme, lo único que me traía era marginación.
Por segunda vez en mi vida no desee el cambio de nombre y obligada por las circunstancias a mis 17 emigré de la ciudad a la capital.
Allí descubrí muchas cosas por ejemplo que había más gente a la cual también le habían puesto mi mismo nombre y que existían lugares donde todas las llamadas “Tortas” se juntaban. Esto me sirvió para sentirme menos sola y aprender que no sólo habían Tortas, sino también “masitas” (mujeres detectadas por el gay radar como lesbianas no asumidas) “bizcochuelos” (mujeres lesbianas viviendo en el armario) y “Torta Tortón” (mujeres orgullosamente lesbianas por dentro por fuera y por todos lados)
Una completa repostería que a veces tarda años en reconocerse y otras basta una mirada o un gesto de milésimas de segundo para darse a conocer.
Cuando decidí emigrar por segunda vez (esta vez de país) tuve mi única charla con mi madre biológica sobre mi historia familiar. Terminada la charla elegí el nombre con el cual quiero ser llamada hasta el fin de mis días. El nombre de mi abuela biológica paterna y no el que dice mi pasaporte.
Más de un@ me ha preguntado por qué firmo esta columna como Torta Tortón . Y he aquí mi respuesta.
Para muchas y muchos utilizar el término Torta es una ofensa y razones sobradas tienen. Para mí es un desafío y parte de mi vida activista.
Antes de ser Lesbiana yo fui Torta. Tomo el nombre con el cual creyeron podrían lapidarme y lo levanto como mi fortaleza y mi refugio. Es mío tan mío como esa adolescente herida por la burla social caminando sola por la plaza del pueblo los domingos.
Tomo mi nombre y me defino. Soy Victoria, Torta Tortón.




