Viviendo en la Claridad: “Jesús no era varón”

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¿Alguna vez te sentiste como el patito feo, rechazado solamente por ser diferente a los demás? Eso le pasó a Luz María hasta que aceptó su verdadera identidad a pesar de los prejuicios ajenos.

Todos esperaban ansiosos su nacimiento. “La tercera es la vencida” decía el papá como si fuera a ganarse un trofeo. Tenía dos hijas y para él era tiempo que naciera el varón de la familia.

Mudaron a una niña al cuarto de la otra. El dormitorio que quedó vacío lo pintaron de celeste como era la tradición: celeste para los nenes; rosado para las nenas. Llenaron los cajones de ropita para varoncito y decoraron las paredes con posters de trencitos, carros y avioncitos. También compraron soldaditos, una pelota de fútbol y una pistola de agua. Parecía como si en lugar de nacer un bebé fueran a adoptar un niño ya caminando.

Todos los días su papá tomaba tiempo para hablarle. Le leía historietas de Popeye desde que estaba en el vientre. “Si comes mucha espinaca tendrás músculos y serás muy fuerte como yo.” “Algo me dice que serás un rompecorazones”.

En el pueblo donde nació, el varón que se llevara más mujeres a la cama, era más “macho”, y hasta lo idolatraban. Irónicamente para las mujeres se aplicaba lo opuesto, “Sólo las prostitutas andan con el montón de novios y abren la piernas antes de llegar al altar”, decía siempre la gente mayor.

Cuando por fin nació, todas las tías y los primos tomaban turnos para cargar al recién nacido ignorando el gran secreto: los padres y los médicos no podían definir si era niño o niña; al parecer tenía pene y vagina. La madre no salía de su asombro, pero igual lo abrazaba y besaba. El padre, en cambio, anunció orgulloso: “Es un varón” y le llamó Jesús.

Cuando regresaron a casa celebraron como si había llegado un rey. Embriagados de alegría comenzaron a dibujar su destino. “Mi sobrino va ser finquero”. “No”, contestó la madre, “será veterinario”. “A mi me late que el chamaco cuando crezca se convertirá en Alcalde del pueblo” dijo el papá.

Todos se fueron desilusionando conforme Jesús crecía pues cada año se alejaba más de cumplir sus sueños. Lo sorprendían poniéndose las bufandas y zapatos de tacón de las hermanas. Cuando caminaba parecía que sus caderas coqueteaban con el viento. Y muchas veces el desprecio de un amiguito le rompió el corazón. Su padre indignado le pegaba mientras gritaba “¡hueco… maricón!”

Cuando Jesús cumplió 15 años su padre estaba preocupado porque nunca le había conocido novia. Así que de regalo de cumpleaños lo llevó a un cantina para beber sus primeras cervezas y después a un prostíbulo donde tuvo su primera experiencia sexual con una mujer. Al salir del prostíbulo no hablaron de lo que pasó. Cuando llegaron a casa, Jesús escuchó a su padre decir: “Vieja: esta noche nuestro hijo por fin se hizo hombre”.

Cuando Jesús cumplió la mayoría de edad se mudó a Houston, Texas. Por más de siete años no contestó las cartas que su madre le envió a un PO Box, excepto cuando su papá enfermó del páncreas. Jesús mandó todos sus ahorros para la operación, regalándole a su padre más años de vida.

Ese mismo año envió una postal para Navidad donde escribió su nueva dirección y unas palabras, “Espero que todos estén bien de salud”. “Feliz Navidad.” Firma: Luz María. No entendieron porqué firmó con ese nombre, y la angustia de no ver a su hijo por tanto tiempo motivó a la madre a visitarlo sin previo aviso.

Vaya sorpresa que se llevó cuando al tocar la puerta del departamento abrió una mujer muy bella y elegante. La mamá se desmayó del susto. Cuando recuperó la razón Luz María le contó llorando que ella siempre se sintió mujer.

“Crecí llena de dolor por el rechazo y maltrato de papá, familiares y amigos de la escuela. Me sentía confundida; no sabía quien era realmente. Todos los días me vestí de culpa, resentimiento y odio contra mí misma.

“Después mi odio se volcó contra papá por no aceptarme, y contra ti por callar cuando sus insultos y golpes me recordaban a gritos que siempre quiso ver en mi a un varón. Por eso me fui de casa, quería huir de mi pasado y del dolor y la soledad que me causó su desamor.

“Con el tiempo y la distancia descubrí que siempre supe quien soy, pero era yo quien tenía que aprender a aceptar y amarme primero. Ya no te guardo rencor, ni a papá; ni siquiera a la sociedad. Aprendí a perdonar la ignorancia, a luchar por mi libertad, y encontré mi paz.

“¡Yo soy Luz María, una mujer hermosa por dentro y por fuera! Tengo sentimientos, miedos y sueños. Lloro, río y también me enamoro. Soy una mujer y un ser humano, con luz propia. Merezco ser respetada y amada, ¡igual que los demás!

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About the author

Laura Figueroa

Laura was born in Guatemala and immigrated to the US at age 21 to redesign her life from the bottom-up. Her first jobs in this country included housekeeping and babysitting until she learned the language. Eventually she went back to school and earned a BA in Psychology at California State University and an MBA at Walden University. Laura has worked in the HIV field in different capacities and with people from diverse backgrounds since 1996. First with LA Shanti as Programs Manager and then with John Snow Incorporated in Colorado where she provided capacity building for several ASOs in the Midwest and conducted HIV national trainings. She also did independent consulting work and motivational speaking, Prior to joining Gilead she worked at Boheringer Ingelheim for 2 ½ years, first as Community Liaison and later as HIV National Accounts Manager. Laura is a columnist for xQsí Magazine and a contributing writer to the book Gathering Round the Fire.

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